Nunca nos enseñaron a convivir con el dolor. Cada uno enfrenta sólo sus penas. Separaciones amorosas, enfermedades, el alejamiento de personas importantes y la muerte. Nunca nos hablaron de la muerte. Algunos nos decimos católicos, otros creyentes, otros ateos. Algunos creen en un ser superior y en la vida después de la muerte. Sea cual sea la creencia, no contamos con la sabiduría del mundo oriental para enfrentarla.
A eso se suma que en el mundo real no nos damos el tiempo para pasar las penas. Seguimos con nuestra rutina diaria para cumplir con las responsabilidades adquiridas, pese a que por dentro estamos destruidos y a veces desamparados. ¿Cuándo nos damos el tiempo para el duelo?. ¿Es justo dárselo?. Esas preguntas me hizo una amiga, hace un par de días, cuando hablábamos de nuestros dolores. Por qué no dárselo, si es necesario nos respondimos. Pero la verdad, ninguna de las dos se tomó ese tiempo necesario para recuperarse después de una caída y volver a levantarse. Parece que cumplir con las obligaciones de la multimujer nos gana la pelea.
Somos indolentes cuando el de al lado sufre. Nos cuesta ser empáticos. Sólo nos toca, cuando nos toca. He llegado a pensar que nos conmovemos cada vez menos en esta gran capital, llena de edificios antiguos y construcciones modernas que esconden los dolores más profundos.
Hay algunos que lloran sus penas y las conversan. Hay otros que sienten angustia y se les apreta el pecho. Algunos, sólo las bypasean. ¿Qué es más sano?. En el ir y venir de ajetreos varios, cobra sentido hacer algo para enfrentar el dolor. Entonces recurrimos a consejos de amigos, nos documentamos a través de Google o revistas y buscamos una cura. Las gotas de bach, la aromaterapia. El yoga, el running. El psiquiatra, el psicólogo. El reiki, la limpieza de aura. Son sólo algunas de las herramientas que utilizamos para recuperar el bienestar físico y emocional.
Averiguamos y probamos, hasta que logramos combinarlas e intentar curarnos. A veces nos funciona y otras, no. Todo depende de la fe que tengamos y del convencimiento de que somos un todo: mente-cuerpo. Sin embargo, no hay un manual que nos indique qué camino tomar o hasta dónde llegar para enfrentar el dolor. Cada uno sigue, más bien, sus instintos. Tal vez, nos haría bien hablar más sobre el dolor y la muerte, coquetear con ellos y establecer una relación seria. Así, cuando nos encuentren no estaremos tan desprevenidos.
Les dejo unas líneas de Mario Benedetti,
EL PUSILÁNIME
Es difícil decir lo que quiero decir
es penoso negar lo que quiero negar
mejor no lo digo
mejor no lo niego

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