El sábado hablé con Luisa en la mañana como de costumbre. Era nuestra conversación acordada de manera tácita. Un espacio para ponernos al día. Se escuchaba especialmente eufórica, me contó que nuestro escritor favorito lanzó su nuevo libro y estaría durante la semana firmando en distintos sitios. En vista que se avecina su cumpleaños, le prometí el nuevo título de Pablo Simonetti. Sin embargo, ella puso una condición, debía conseguir su firma.
Revisé los lugares y sólo tenía una oportunidad: viernes 11 de octubre, a las 13.30 horas, en Espacio M. Destinaría mi hora de colación, por lo que no podía demorarme demasiado. Me dirigí primero a la Librería Chilena para ganar tiempo y allí compré La soberbia juventud. Luego avancé rápido por el centro de Santiago, tratando de sortear a la gente que me chocaba sin culpa. Habían anunciado 25 grados, pero el calor era insoportable. Caminaba apenas con mis tacos y para más remate se me caían las calzas negras que traía puestas. Recordé el día exacto en que les quité el elástico de la cintura y no pude evitar recriminármelo. Cada dos cuadras tenía que parar y subírmelas. Al principio miré hacia todos lados, en la calle Nueva York, pero luego en la esquina de Bandera con Moneda, tuve que repetir el ajuste. Pasados unos minutos ya lo hacía sin ningún pudor mientras continuaba mi ruta hasta la Feria Chilena del Libro de Espacio M.
Entré a la librería con un ímpetu demasiado exagerado para mi gusto, pero no podía controlarlo. Aún no llegaba Pablo. Saludé a los vendedores gentilmente y avancé despacio para ocultar mi ansiedad. Revisé de prisa a las personas que allí estaban con cara de complicidad. Un chico de unos 25 me invitó a sentarme junto a él. Lamentablemente tenía que ajustar mis calzas de la manera más disimulada posible, así es que comencé a conversar con él pero de pie. En eso, Pablo entró por el pasillo con un aura de serenidad y humildad, junto a una mujer joven. Ya lo había visto en persona un par de veces, pero no había reparado en lo alto que es. Me quedé como petrificada y lo saludé con torpeza cuando pasó por mi lado. Se sentó al final de la librería, en la mesa que estaba preparada para él. Yo quedé en el quinto lugar de la fila. Mi nuevo amigo me cedió su lugar, pero no accedí, porque él estaba primero.
Pensaba en que quería retratar este maravilloso momento, así es que venciendo mi timidez de infancia, frente a la exposición pública, le propuse al chico de la fila tomarnos fotos con mi iphone y compartirlas por whatsapp. Cuando llegó mi turno, saludé a Pablo y me senté. Mi cuerpo respondía con movimientos torpes. Le comenté que era gran admiradora suya y que traía dos libros para su firma. Su último título, para Luisa, que estará de cumpleaños y La razón de los amantes, que me tiene atrapada por estos días. Mis manos tiritaban y yo trataba de articular mi discurso para no parecer una teenager. Siempre me jacté de no ser fanática de nada, ni de nadie, porque lo encontraba cursi. No entendía la pasión por el fútbol, ni por la religión, menos por los ídolos musicales. Ahora sí. Ahí estaba como toda una fan y comprendí que no tiene nada de malo, a mis 35, expresarle devoción a alguien. Calzas up, firma Ok, misión cumplida!!.

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