Hace un par de jueves, buscaba una pulsera con el tercer ojo y crucé a la tienda hindú frente a mi oficina. Estaba convencida que necesitaba más charratela colgando de mi mano derecha para sentirme protegida. En la tiendita había inciensos, velas e imágenes de budas y elefantes. Saludé a la vendedora y le pedí una pulsera, no había muchas opciones, así es que se podría decir que ella me escogió a mí. Revisé rápidamente todos los productos y reparé en dos, unas fotos de la virgen María y unos anillos de cristales swarovski, al menos eso decía el letrero identificatorio que no tenía código de barra.
–¿Qué hacen aquí? –me dije, si este no es un lugar católico, ni menos exclusivo. Según la mujer que atendía, de acento extraño, se los trajeron de Finlandia.
–¿Cuánto cuestan? –le pregunté.
–Veinte mil pesos. –respondió ella. Claramente me estaba pasando gato por liebre, veinte lucas era un precio muy alto por un anillo sin una pizca de sofisticación, como diría Boza. Mirábamos los anillos que giraban rápido en el estante redondo de vidrio. Yo metía la mano más rápido que eso para alcanzar a sacar uno y otro. En medio de ese vaivén incontrolable del estante, que me estaba empezando a incomodar, la mujer me explicó que el anillo de cristales blancos era para encontrar la paz, mientras que el de cristales lilas-negros era para alejar el mal.
No podía decidirme. Quería el de cristales blancos, en forma de flor, porque atraería la paz y la buena energía que es lo que necesito, pero en mi mano más blanca que eso, se veía mejor el anillo de cristales lilas-negros. Eso me causó confusión, para qué seguir espantando el mal, si ya tenía tres pulseras y estaba comprando otra para los mimos fines. Si iba a gastar veinte lucas, era mejor invertirlas en la paz.
–¿Por qué las mujeres compramos estas cosas?. –le pregunté en ese momento a la mujer, buscando un argumento que me ayudara a decidir.
–Para contrastar el mal –me dijo. Su respuesta fue escueta y no me dejó conforme. Estábamos en medio de una no conversación cuando me llamaron por teléfono, era Luisa. No alcancé a contestar. Entre que encontraba el celular en mi nueva gran cartera roja y la llamaba de vuelta, llegó otra mujer y se robó la atención de la vendedora, que por cierto, no me prestó mayor interés.
Me descubrí de pronto hablando sola, algo que practico a menudo desde mi niñez. La pregunta no era otra: ¿Para qué usamos cintas rojas y pulseras con el tercer ojo atrapando nuestras muñecas, virgencitas y san benitos agarrados del sostén?. Será que nos sentimos tan exitosas que creemos que algunas nos tienen envidia. Tal vez, nuestro ego está tan por las nubes que pensamos que sólo quieren competir con nosotras. O será, más bien, que somos esclavas de nuestras inseguridades. Olvidamos que en la mayoría de las situaciones felices somos las primeras en boicotearnos, cuando se vienen a nuestra mente esos pensamientos apriorísticos, como dice mi terapeuta, que suelen ser del tipo fatalistas como: estoy saliendo con un buen chico, pero es demasiado bueno para ser verdad, seguro que esconde algo.
Estaba inmersa en medio de esas profundas divagaciones, cuando sonó mi teléfono por segunda vez. Ahora sí alcancé a contestar y era Luisa nuevamente. Aproveché ese instante para pedir ayuda y le pregunté si era aconsejable comprar tanta charratela.
–Lo que abunda no daña. –me dijo.
–Yo no creo en los brujos caray, pero de que los hay, los hay. –remató. Tanto buscar una explicación que fuera más o menos cuerda, y finalmente ahí estaba el argumento principal. Luisa y sus dichos, me recuerdan a Mónica y sus canciones.
Después de este exhaustivo análisis y con tales revelaciones. Miré mi muñeca derecha con una pulsera de pelotitas rojas, otra con pequeños tercer ojos y otra con la historia de Jesús, y me convencí que Luisa no deja de tener razón: más vale prevenir que lamentar.
Luego de unas horas, ya en mi casa, probando la nueva charratela de color azul que acababa de comprar. Me di cuenta que era demasiado para mi brazo derecho, los nuevos tercer ojo eran un tanto pesados, así es que en ese minuto me quité las cuatro pulseras, las viejas y la nueva, y decidí que sólo por si las moscas, mantendría el San Benito abrochado a mi sostén.

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