En estos días de aislamiento, a raíz de la pandemia causada por el coronavirus, han venido a mi cabeza varias preguntas existenciales. La primera: ¿Cuál es el momento más importante de mi vida? La respuesta fue rápida: El nacimiento de Matilde es el momento más extraordinario de mi vida. Más lleno de luz y de amor. Matilde es hija de la Caro, mi prima. Tiene 2 años 8 meses, usa el pelo largo y chasquilla; ya trata de decir algunas palabras; juega a la pelota, hace muecas, imita algunos animales y tira besos. Cada vez que viajo a Concepción siento que no dejamos de vernos. Primero me observa, luego se acerca, yo la tomo en brazos y ahí no nos separamos más. Es muy cariñosa, se acurruca en mi pecho, como cuando era una bebé y la hacía dormir.
Agradezco de corazón a la Caro por compartir conmigo un momento tan íntimo y tan excepcional. Fue un parto luminoso, lleno de energía divina y de mucho amor de quienes nos acompañaron. En lo que llevo de vida, una experiencia comparada en algún punto a una sesión de Reiki triplicada. Aún tengo atesoradas en mi memoria todas las fotografías de ese viernes 7 de julio de 2017. Salí de la oficina, apenas la Caro me avisó y llegué a la clínica en taxi. Nos encontramos afuera, vimos la logística con mi hermano, que se sumó al rato, e hicimos las llamadas de rigor.
Cerca de las 20:00 horas estábamos los tres mosqueteros en una habitación, esperando la hora para pasar a pabellón. De un momento a otro me vi vestida a lo Grace Anatomy, entera de azul. La Caro ya estaba preparada y se rio de mi atuendo, recordando la serie de televisión. Éramos una pareja e idiotas, como cuando sacamos cuentas en el aeropuerto de Lima, ¿te acuerdas?. Yo me paseaba de un lugar a otro, repasando algunas cosas y tratando de controlar los nervios, la Caro solo se reía.
En el área de neonatología conté cinco pabellones vacíos y sólo estábamos nosotras, en uno de ellos. La matrona y la anestesista me dieron las instrucciones, así es que permanecí sentada al lado de la cabeza de la Caro. Podía tomar fotos con el celular, cuando pusieran a la Mati en sus brazos. Lo más importante es que no debía mirar por encima de la sábana, claramente por mi tamaño, no alcanzaba a hacerlo.
Había música de fondo, el lugar estaba calentito y en total creo que vi a unas diez personas. Matilde tiene síndrome de down, por lo que supongo, era más gente de lo habitual, todos muy amorosos y preocupados. Cuando llegó el momento, absolutamente fuera de libreto, el doctor me dijo: ¿Ale, quieres ver cómo nace la Matilde?. Me levanté de la silla y vi nacer a mi avatar. Le puse así, porque la vi completamente azul, como los personajes de la película de ciencia ficción. La fotografié y la acompañé, mientras las enfermeras la limpiaban. Por encargo de su madre, no podía perderla de vista.
Matilde lloró desde el primer minuto y luego mientras tomaban sus medias. ¡Qué alegría! Mi avatar: el mejor regalo, estaba sanita. En eso llegó el doctor a explicarme que la niña y la madre se encontraban en perfectas condiciones después de la cesárea. Yo como que estaba en shock de lo hiperventilada, debo haberle puesto cara de póker. Sentía que mientras me hablaba, flotaba en otra dimensión.
Al tiempo de su nacimiento, nos enteramos que el 21 de marzo es el Día Internacional del Síndrome de Down, para simbolizar la trisomía del cromosoma 21. De seguro mi avatar y yo estaremos siempre conectadas, porque es el día de mi cumpleaños. Nunca olvidaré el Número 42, el finde pasado, con calcetines diferentes para conmemorar ese día, en los colores de La Cartera Roja, verde y sandía. Más el hashtag viva la diferencia, y por cierto, las videollamadas a raíz de la pandemia.
Cada 21 de marzo, además, la tierra nos marca un cambio. Se pasa del verano al otoño en nuestro hemisferio, los árboles se desprenden de su ropa y nos preparamos para entrar en hibernación como los animales. Ha sido un aprendizaje esto de los cambios. Y así fue también desde el día de su nacimiento, aquel 7 de julio. La vida me cambió de múltiples maneras y ha continuado haciéndolo.
Gracias a mi avatar aprendí que entre las diferencias que nos caracterizan por fuera, tenemos más en común de lo que pensamos, por dentro.
Que existe una conexión muy profunda con los seres que amamos, sólo porque los amamos.
Que los rasgos físicos no nos determinan como personas.
Que siempre hay espacio para dar y recibir amor.
Que somos frágiles y llegamos a ser vulnerables en situaciones de crisis. Sin embargo, disponemos de las herramientas de autocontención necesarias. Nuestra tarea es descubrir cuáles son y en qué lugar las tenemos guardadas.
Que estoy consciente de mi propósito de vida y cómo alcanzarlo.
Que la Matilde tiene los ojitos almendrados y no se le nota el síndrome de down. Aunque esa condición la acompañará para toda la vida. Y la amamos así, porque es una parte nuestra, es familia.
Que el síndrome de down es una condición, no una enfermedad. Que las personas que lo tienen solo son diferentes, por eso, ¡Viva la diferencia!.

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