Todos los años en el mes de junio, algo cambia en mi cuerpo y en mis emociones. Luzco cansada y me cuesta despertar por las mañanas. Leí por ahí que el invierno es el responsable de los trastornos anímicos que se producen en nosotras las mujeres, y tal vez, le suceda también a los hombres.
Falta información al respecto, pero por lo que pude indagar se trata del trastorno afectivo estacional o depresión invernal, causado al parecer por la falta de luz solar durante este período del año.
Mi depresión invernal comenzó esta vez un poco antes y se prolongó más de lo esperado. Su manto de gruesa lana trajo algunas nefastas consecuencias, el desánimo y la pena me inmovilizaron por algunos meses, marcas visibles: los kilos demás que gané. Me replegué completamente en mi casa, al igual que los animales cuando hibernan, dejé de hacer yoga y lo más grave, se me escapó la inspiración para La Cartera Roja.
Aburrida de tener las manos atadas en la pereza y bloqueada en mis emociones, decidí buscar ayuda en mi origen. Me trasladé al sur, los primeros días de julio, allí me recargué de energía vital y también de amor.
Algo más animada por los rayos de sol que comenzaron a hacerse más cariñosos durante mi estadía, decidí preocuparme también del exterior. Así llegué a la peluquería por un tímido corte de pelo y salí fantásticamente alisada. Tan feliz estaba, que de vuelta en la capital me animé con un segundo cambio, un baño de color para tapar las canas y como si fuera poco tinturé algunos reflejos chocolatados, bien discretos para empezar.
Recargada por dentro y renovada por fuera, recibí Agosto Aromático. Me propuse retomar la escritura y el yoga. Cambié el negro por el blanco y el azul. Reaparecí en los almuerzos con las amigas, sólo me falta volver a la lectura.
Salí de mi encierro y justo ayer, con el termómetro en 30 grados, el día más cálido de agosto en 41 años en Santiago de Chile, disfruté de un almuerzo bien conversado y agradecí el sol que me iluminó en estos días.

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