Definitivamente no sirvió de nada el alisado con brasil cacao que me hice hace un par de meses. El pelo liso se esfumó y los rulos alborotados aparecieron bajo la ducha. Mi peluquera me recomendó utilizar el secador de pelo, -según ella- el producto se activa con el calor. No queda de otra, hay que asumir que no se puede luchar contra la naturaleza.
Nos conocimos cuando tenía 14 años. Él también. Su pelo largo llamó mi atención. Fue amor a primera vista, nunca lo había experimentado y pensé que nunca volvería sentir algo similar. La relación a distancia nunca funcionó, fue y vino, mientras estábamos en la universidad. Él me dibujaba retratos con lápiz grafito en mis arrancadas a escondidas al sur. Mientras yo, le escribía poemas. Por esos años no existían los celulares, ni los whatsapp, así es que usábamos el teléfono público con 200 pesos para las llamadas de larga distancia y las cartas demoraban varios días en llegar a destino.
Gran parte de mis 35, los pasé pegada con el recuerdo de ese amor perfecto. Tan perfecto que nunca se concretó. No hubo peleas, ni desacuerdos. Nos conocimos sólo a través de dibujos y poemas. Era un amor de niños y hasta hace un par de años pensaba que sería el único en mi vida. Nos imaginaba viejitos, como en la película “El amor en los tiempos del cólera” y estaba convencida que luego de tantos desamores, nos volveríamos a encontrar.
Con las arrugas y las canas, caí en cuenta que sus promesas funcionaban como el alisado permanente, sólo por un tiempo y luego volvía a la realidad. Tampoco se podía luchar contra la naturaleza en este caso. La soledad se apoderaba de mí, al cabo de unos pocos meses. No sé cómo estuve tanto tiempo esperándolo tocar la puerta de mi departamento. Mi mente alimentaba su recuerdo en forma permanente y él se las ingeniaba para estar al otro lado del teléfono cada tanto, escribir mails y asegurarse de estar más vigente que nunca. En algunas ocasiones me preguntó: -¿Cómo habría sido estar juntos?. Esa, es una crueldad.
Hasta que un día cualquiera de julio, lo decidí y no hubo vuelta atrás. Era más sano dar vuelta la página. Si no cerraba el círculo, no podría enamorarme nuevamente. Y así lo hice, frente al impedimento que generaba la distancia, le escribí un correo electrónico con las razones por las que debía sacarlo de mi vida definitivamente. Fue una catarsis, que me alivió de forma definitiva.
Él se resistió e insistió hasta el hartazgo, ya no había quién alimentara su ego. Yo me mantuve firme y no di pie atrás, esa fue la clave. Con el tiempo se convirtió sólo en un lindo recuerdo, atrás quedó la nostalgia que me acompañaba a todas partes. Pasó ese invierno, vino la primavera, y con ella apareció octubre cautivante, lleno de intensos colores y sabores.

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