Sentía un fuerte dolor en el pecho, estaba a punto de irme a la clínica, pensando que me daría un infarto. En eso llegó una amiga a mi casa y me dijo: eso es angustia. –Angustia!!, respondí incrédula. Mis síntomas de dolor en el pecho, se acompañaban de una sensación extraña en la garganta. Era como si algo muy dentro de mí no me permitiera sacar la voz, tenía una gran pena atorada, pensé. Una pena que se arrastraba por años y de la cual no quería hacerme cargo. María traía un frasco de gotas de bach, las de emergencia. Yo las conocía y les tenía fe, así es que comencé a tomarlas y me recuperé un poco.
Luego de conversar por algunas horas, María me dijo: una terapia te vendría bien. Ahí recordé, que años antes tuve una mala experiencia en esa materia. Una mujer me recibió en su consulta, me dejó hablar por 40 minutos, miró su reloj y cuando faltaban 10 minutos para completar el tiempo establecido, hizo un cierre y me despachó. Salí sin respuestas, igual de atribulada o peor, y con una sensación de frustración en grado máximo.
María me aseguró que su sicólogo era de los buenos, así es que decidí llamar y pedir una hora. Cuando llegué a su consulta, un día de junio de 2011, me senté en un cómodo sofá café y esperé a que iniciara la sesión. Comenzó preguntándome por qué estaba allí. Un poco nerviosa, le respondí que acababa de terminar un breve pololeo de tres o cuatro meses, pero que no era esa situación la que me llevaba a consultar un terapeuta, sino más bien mis reiterados cuestionamientos sobre la imposibilidad de comenzar una relación de pareja y mantenerla. Me sentía frustrada, pero sobre todo, fracasada socialmente. Cómo era posible que luego de mi separación, cuatro años antes, aún no pudiera rehacer mi vida amorosa, formar familia y hacer todas esas cosas que las mujeres de más de 30 han establecido como canon de moda. En síntesis era la rara.
A esas alturas pensaba que podía reconstruirme sola, sin necesidad de consultar un especialista, pero estaba equivocada. El rearmarse después de una separación requería apoyo profesional. Luego de visitas cada 15 días, por espacio de tres años, debo decir que la terapia fue la mejor decisión. Si bien, cada persona es capaz de mirarse y reconocer sus falencias, la mirada de un sicólogo ayuda a conocer y comprender las causas de ciertos comportamientos, la razón de los miedos y de las equivocaciones. Claro está que la vida nos continuará poniendo obstáculos, pero con este apoyo externo se está en mejor pie para enfrentarlos.
Este artículo de emol, aborda las razones por las cuales las personas debieran ir al menos una vez en la vida a terapia, luego de leerlo recordé mis experiencias, la buena y la mala, y me animé a contarlas brevemente. Con conocimiento de causa, les digo que las aprensiones que se tengan al respecto, se desvanecen al cabo de algunas sesiones. Una muestra de ello es que al principio, sólo un par de personas sabían de mis visitas al sicólogo, no era algo que me enorgulleciera. Hoy en cambio lo hablo con total naturalidad con mi familia y amigos, y lo recomiendo a ojos cerrados. Comprendí que no se trata de estar locos ni menos de vernos vulnerables frente a los problemas. Sino más bien, de asumir que para crecer también se requieren herramientas que no manejamos, porque no podemos saberlo todo. Lo que sí tengo claro es que hay dos claves a considerar, por si alguien se interesa: tomar la decisión y pedir recomendaciones sobre especialistas a amigos o familiares.

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