Santiago cambió, las mañanas y las noches están más frías. Se siente en el aire, se aprecia en los colores, se respira otoño. Hace unos días, caminaba por la tarde cerca de mi casa y me encontré de pronto con un pequeño remolino de hojas secas, abrazadas por el viento. La fuerza de la naturaleza las bota y luego las reúne en una danza interminable. Agotadas después de un rato regresan al suelo.
El cambio de piel de los árboles tiene un significado especial para mí. Nací justo con la llegada del otoño, hace 36 años, de madrugada. Mi madre me contó que por culpa de la anestesia de la cesárea estuvo nueve días con fuertes dolores de cabeza. Nunca le he dicho que admiro su valentía.
Llevo una marca de nacimiento, el paso del verano al otoño, el cierre de algo y el comienzo de otra cosa. La vida misma, ¿no?.
A estas alturas, algunas canas adornan mi cabello negro, afortunadamente parecen reflejos. Debajo de mis ojos, se alojan unas cuantas líneas, que se hacen más notorias cada vez que sonrío. No parece tan grave, pero al verme de pronto, pensé en los cambios que vienen con la edad.
Mientras escribía recostada, debajo de la colcha de verano, sentí frío. Me levanté rápido por unos calcetines. Mi cuerpo ha cambiado. El tiempo, que se cuenta en años, para indicarnos cómo hemos crecido, también nos revela un desgaste, por eso, le tengo pánico a la vejez, a la pérdida del sentido y la memoria, a los dolores y las enfermedades.
¿Qué se gana entonces con los años?, experiencia y conocimiento, madurez y criterio, hacerle frente a los problemas con más herramientas o nuevos problemas. Creo que de todo un poco.
Me veo en mi abuela. En sus últimos días no podía comer, apenas tragaba un par de cucharadas de alimentos muy licuados. Sufría acostada. No podía caminar, porque su cuerpo débil no se lo permitía. Tampoco hablaba, sólo se quejaba y sus ojitos lo decían todo, ya no quería estar acá. El tiempo que se cuenta en años, le regaló 92 ocasos.

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